Me enamoré de mi amigo el más mujeriego.

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Teniendo tantos amigos, tantos pretendientes bien, me enamoré solo de uno; no del nerd, no del padre soltero, no del fresón,
no del mamado, no del buchón, no del mamón, no del esposo infiel, no del chavo ruco, sino del más mujeriego, facilote.

Pero a él le fue peor, porque también se enamoró.

Sé que le está costando dejar la vida facil, en los ojos le veo el esfuerzo, y en el cuello la rigidez, tratando de evitar voltear a ver un buen trasero caminado por la calle

Ya no tiene su celular con clave, ni tampoco en silencio, y cada que le suena, se le ha de fruncir toda el alma; y cada que lo desbloquea, si no hay nada, suspira aliviado, pero si sí, se hace el tnto y lo guarda.

No es un patán,
no juega con las mujeres, ni las ilusiona y las deja tiradas, al contrario, es muy claro, muy directo y decente, las trata como se debe; si solo quiere follar, no te lo manda a decir, ni se anda con mamadas, se te pone de frente, te habla de sus intenciones, que obviamente son sucias, y después se va; no inciste, no ruega, no acosa; y ni necesidad tiene de hacerlo, porque alguna otra lo anhela, y se puede quitar las ganas, y todo esto lo sé, porque ya me lo había pedido antes, y nunca quise porque no soy así de fácil; y cuando esta vez de nuevo se acercó, le dije “¡ ya te dije que no joder!”

—No es a lo que vengo señorita —dijo—.
Me enamoré de usted; y bien cabrón.

Le vi un brillo diferente en los ojos. No volteó a verme las tetas, ni porque tenía un escote pronunciado.

Y cuando le dije que no anduviera con esas mamadas y me fui, voltee hacia atrás y no me veía el trasero, sino el cielo.

Me enamoré de mi amigo el más mujeriego, el que cambiaba de mujer como de corbata, y ellas no se quedaban tristes ni dolidas, sino llenas de dicha por haber estado en sus garras y sus labios bellos.

¡El cabrón se enamoró!
Era lo que en todos los lugares oía;

—Ya no me ha pedido que lo hicieramos.
Decían todas, y yo poco a poco, sin saberlo ni darme cuenta, comenzaba a interesarme, porque veía su mutación, de cabrón a enamorado,
de dios a humano. Hasta que un día le dije: “sí dejas la vida facil, te acepto”, y no me contestó con la boca, sino con el corazón, sino con sus actos.

Y aunque a veces le veo en los ojos los instintos de seguir de cabrón, y aunque me llena de rabia ver como las perras en celo intentan seducirlo,y aunque me mata saber que casi todas ya se la conocen, y saben cómo besa, y saben cómo lo hace, y lo sucio y perverso que es, me consuela saber que me ama, y que está dejando todo por mí,y que aparte a él le va peor, está más jodido que yo porque él, el mujeriego mayor se enamoró.

-Gustavo Hernández

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